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「アブラカダブラ。」 |
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21 mar 2013 (8:19 p. m.) フリー, フリー.¡NO ME DEMORO! Y cerré la puerta. Apreté el botón del ascensor y esperé a que llegará. Cuanto entré en él me miré al espejo y me arreglé el cabello, algo inútil porque sabía que cuando saliera el mismo viento me lo peinaría. Saludé en la entrada y salí. Caminé por la calle y vi a un hombre, de unos 35 - 40 años que llevaba un perro pequeño, de esos que parecen ratitas con dientes, lo miré y el hombre tenía los ojos en el cielo, no diferenciaba si el hombre llevaba al perro o el perro llevaba al hombre. Me paré en el paradero del transporte a esperar el bus del centro. Llamé el bus con una mano mientras con la otra tenía el billete y las monedas. Entré y habían unas 6 personas, todas con caras cansadas, doloridas y tristes, me senté en un puesto con ventana porque no sé, a mí me gusta la ventana, aunque era curioso porque la mayoría de la gente del bus estaba en la orilla, depronto por su afán de bajarse del bus y poder quitarse esas máscaras de tristeza absoluta para después llegar a sus casas a ponerse otra máscara; la de la angustia, claro, angustia por las facturas, el arriendo, los uniformes de los niños, el mercado y lo que pensará la Tía Clemencia que se la pasa hablando de la última moda en París y los mil y una cosa que no se deben hacer en la mesa, los codos, sorber la sopa o no preguntar al levantarse de la mesa. Esa mujer que se quedó soltera esperando ese hombre adinerado que la mantuviera y le mantuviera sus caprichos de ir a los clubes en donde con la señora Ester y sus amigas hablarían de lo mal que se viste Clarita, y de los miles de eventos de caridad donde la gente estrena sus mejores vestidos y comen caviar con champán. Pero pobre Tía Cleme, ese hombre nunca le llegó, se quedó esperando y triste y aburrida con su propia vida no tiene nada más de que hablar que de los chismes de la vecina porque nada mas relevante ocurre en su cotidianidad.
Comencé a mirar la ventana y veía un sin fin de cosas, de luces, de carros, de motos, de almacenes, de edificios, pequeños, medianos, grandes, altos, cortos, angostos, pero sobre todo veía gente, gente con prisa, gente corriendo, gente caminando, gente en carros, gente gritando, gente besándose, gente sola, gente con mas gente, gente triste, gente feliz. ¿Pero será que como yo los veía a ellos, ellos me veían a mí? pero eso no importaba, porque era interesante ver todo.
Trataba de hacer palabras graciosas con las placas de los taxis, trataba de reírme de los malabares de los semáforos y trataba de hacer gracia de esas frenadas horribles que pegaba el conductor, cosa que en verdad me ponía de malgenio, aunque en verdad no me gusta hablar de lo que me pone de malgenio, aunque bueno, me pone de malgenio que la gente hable muy duro, me pone de malgenio la gente que hace sonidos al comer, me pone de malgenio la gente que no hace fila, sino que se adelanta, me pone de malgenio la gente que se justifica por todo y manda todas sus responsabilidades y culpas a terceros, me da malgenio... bueno, podría continuar, pero ¿para qué?
En un momento me bajé del bus y caminé hacia arriba. Me refiero arriba, arriba de la avenida, en donde una ancianita vendía chicles y cigarrillos en una banquita pequeña en donde sólo cabía ella y ella. Tenía como tres ruanas encima (mentiras, exagero) tenía unas seis y yo en mi cabeza me preguntaba que si podía respirar, o que si estaba viva. Claro que estaba viva, viva en los pensamientos espesos como su cabello negro, en esos pensamientos que la aprisionan y la encierran, de la vida, la encierran a vender cigarrillos y chicles, a personas que pasan de largo, pero que nunca se han puesto a pensar en su realidad, o más bien en su irrealidad. Compré un café, el vaso mas barato del café mas barato, porque al fin y al cabo es café... en realidad es que no tenía dinero suficiente para comprar ese vaso grande de Capuchino con adición de caramelo que se queda en el fondo y lo sorbo con el mezclador al final del vaso que tanto me gusta. Terminé tomándome un café un tanto amargo en una esquina del lugar, había humo y no hacía frío. Miraba las formas que salían de mi boca y en ellas me perdía, me perdía buscándoles forma, forma que en menos de nada cambiada y desaparecía. Pensaba y pensaba. Y pensaba y pensaba. Pero ¿Para qué pensar más? Mi vida colgaba de un hilo. No espere mas y me paré, me paré a bailar y a sentir, a respirar y a amar, a amarme. La música corria en mi mente, y yo sólo danzaba y movía mis ojos, movía mi cabeza y saltaba, ya no pensaba nada porque ya había pensado mucho en mi futuro y en mi pasado, sólo tenía que hacer algo: vivir mi presente. Vivir mi presente creando en mí mi propia libertad. Libertad de pensar, de amar, de soñar, de sentir, de bailar, de pintar, de reír, de llorar, de hablar y de cantar y de hacer un sin fin de cosas que yo mismo me había limitado. A mí nadie mi quitó mi libertad, yo mismo me la quité. Pero la retomo en lo más alto. Y ahora sueño y vivo, porque sé que me tengo que morir, y ojalá cuando sienta ese veneno tan dulce, esa última respiración en mi garganta que sabrá a néctar floral, sabré que todo lo que viví, todo lo que hice valió la pena. Y que fui libre. Dentro de mí, yo pude ser libre.
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