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「アブラカダブラ。」 |
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2 nov 2012 (10:06 p. m.) パティオで露
Erase una noche fría y muy lluviosa. En una casa. Muy grande, pero muy sola. Sólo estaba ella, sentada en ese gran sillón que alguna vez fue color habano pero con el paso del tiempo se volvió marrón. Ella, en ese estado en el que no sabía si estaba dormida o despierta escuchaba esos sonidos que rompían el silencio; ese sonido constante del agua que golpeaba los cristales de las ventanas empañadas, como el fuego consumía la madera en la chimenea, y ese tocadiscos viejo que hacía que el Contralto de Sara Vaughan en “Summertime” se escuchara distorsionado. Ella tenía en las manos un café, café que hace poco estuvo caliente pero ya en mitad de la noche estaba frío. Así pasó la noche al ritmo de la melancolía y el jazz.
Al día siguiente despertó con la sensación de que no durmió y deseaba, como cada mañana, que su realidad fuera otra. Se levantó del sillón y fue a la cocina; en la cocina veía una mujer desesperada: los trastos sucios y todo desorganizado. Tomó el primer pocillo que encontró y lo llenó con agua hirviendo y dos bolsas de té. Se sentó en la mesa de la cocina de dos puestos pero en la que una silla siempre estaba vacía por su ausencia. Su mirada estaba perdida. Nadie sabía lo que ella pensaba, pero en su cabeza se torturaba y se preguntaba el porqué de una guerra tan absurda, porqué él la dejó, porqué prefirió irse y dejarla tan sola, tan miserable. Hace mucho no salía el sol, decidió tomar una manta y ponerla en ese césped largo y sin cortar lleno de rocío. Se recostó en el pasto, mirando el cielo azul y esas cercas grises y deterioradas que antes fueron blancas. No sabía que día era, ni que mes, ni siquiera el año, perdió la cuenta desde que la soledad tocó en su puerta. Lo que si sabía era que su buzón de mensajería estaba lleno, y eso ya hace vario tiempo. Ya no lo revisaba porque se cansó de buscar cartas de él, en las que dijera que la amaba, y que estaba vivo. Mientras su piel tan blanca brillaba en el sol y su cabellera rubia pero desordenada se movía con el viento vio llegar al mensajero. Era una tarjeta para ella, y tenía escudos de la milicia. Ansiosa pero despacio abrió la carta. No era él, era su superior, el General, dándole sus mayores pésames pero agradeciendo los servicios a la patria y alardeando de la honra de servir al país. Una lágrima cayó en el papel corriendo la tinta de la elegante carta. Ella se desplomó en el suelo del patio, dándose un golpe del que nunca mas se volvería a levantar. Pero por fin fue feliz, porque sabía que lo volvería a ver y estarían juntos… Para siempre.
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